Viaje por Castilla León

Pongo aquí esta crónica aunque no sea una ruta íntegra por Extremadura. Pero en ella empezó y en ella acabó.

Lo que describo a continuación es un viaje hecho a mi estilo, como me gusta viajar cuando lo hago en moto: sólo, por sitios por los que nunca estuve, por carreteras  "no convencionales" y sin ataduras estrictas en cuanto al camino a seguir.




El destino, más bien el viaje porque no hubo un destino concreto, ha sido recorrer parte de Castilla León; ¿por qué?, porque sí, porque es una extensa región que casi  no conocía y porque, sencillamente, me parecía atractiva. Tan extenso reino me parecía a mí que me ofrecería variedad de parajes y diversidad de gentes.  Mi pretensión  era recorrer estos lugares fuera de las rutas turísticas, huyendo de las aglomeraciones y dejando para otra ocasión las visitas a los lugares de interés por todos  conocidos. Pretensión conseguida a medias porque los planes iniciales se vieron alterados por una inoportuna avería en la moto  poco antes de salir; avería que si bien  no me impidió salir, sí redujo el tiempo disponible.


En la elección del camino es de agradecer la valiosa colaboración de "Alomu", un salmantino que conocí en un pueblo de Badajoz y perfecto conocedor de su tierra. Sus  informaciones han sido muy valiosas y si, en principio solo iban a servirme de orientación, finalmente las seguí con fidelidad porque, como dije antes, hubo un punto en  que  di el viaje por perdido y con ello la búsqueda de información.

Han sido ocho días en lo que he recorrido 2000 km. a excepción del primer día, en el que hice 350 como aproximación, en el resto de las jornadas cubrí unos 200  diarios aproximadamente.



En cuanto al día a día, la intención era la de ser casi autosuficiente: alojamiento en tienda y comidas preparadas por mí, cosa que solo pude lograr a medias por  causas ajenas a mi voluntad, o más exactamente, por causas de la climatología. De los ocho días, solo el primero y el último fueron soleados, el resto fueron lluviosos  en  mayor o menor medida, pero lluvia diaria hubo. En esta situación desistí de la acampada libre por prudencia, ya que las tormentas fueron diarias. Opté por la  acampada en campings y para la alimentación, utilicé restaurantes (en plan menú del día) al mediodía y me preparé mis propias cenas y desayunos.



La moto: perfecta. Si bien salí con algún recelo sobre su comportamiento, una vez en ruta no hubo ni el más mínimo fallo ni ningún síntoma de aparición de la antigua  avería. Sólo consumió gasolina, pues ni siquiera  la presión del aire de las ruedas tuve que modificar. Me limité a engrasar la cadena un par de veces y... listo.
Estrenaba Las dos maletas semicaseras; en una de ellas entró  un poco de agua porque no hice bien el aislamiento de goma de las bisagras; la otra vibró ligeramente  porque me olvidé poner una de las tuercas en su sitio. Cosas ambas que fueron resueltas en unos minutos. Iban cargadas con unos 7-8 kg de equipaje cada una.

Sobre el equipaje comentar que si bien la regla es "lo mínimo" y "cuanto menos, mejor"; lo cierto es que si no hubiera llevado herramientas las vibraciones del  portamaletas me habrían dado problemas serios y, además, como llovió tanto, el exceso de ropa me permitió  tener alguna seca todos los días; y qué decir del aparatoso  traje de agua, pues que sin él al segundo día tendría que haber regresado.

Dicho ya cuál fue  el destino y la duración del viaje; cómo iba pertrechado y cuál era la finalidad, hora es de hablar de los lugares que recorrí y de las sensaciones  que tuve.


Salí desde Badajoz y atravesé Extremadura en dirección norte, siguiendo una línea casi recta que me llevó a la Sierra de Gata y desde allí a Ciudad Rodrigo, punto de  inicio de la ruta. En este primer tramo seguí la "raya de Portugal" todo el tiempo. Me interné por Las Arribes del Duero, pasando por pueblos como Lumbrales,  Barruecopardo o Aldeadávila. en ésta zona busqué el Pozo de los Humos, pero me dijeron que estaba seco en esta época.

Sentí el calor castellano de los llanos de Zamora y Salamanca  mientras los recorría no podía
 dejar de recordar las descripciones que de Castilla tantas veces leí de  la pluma de Delibes; la misma sensación tuve cuando atravesaba los pequeños pueblos que me iba encontrando y por cuyas calles solía entrar, notando un estruendoso  silencio cuando lo hice en los momentos de calor y observando su vida en forma de gente sentada a las puertas de sus casas cuando los recorría con la fresca.

Disfruté de las espectaculares vistas que se contemplan desde la presa de La Almendra, espectacular por sí sola, y en esta ocasión la falta de agua permitía ver en  su fondo los restos de edificaciones y de asentamientos que el agua un día se llevó.


Llegué a la Sierra de la Culebra y desde Villardeciervos  la atravesé buscando el siguiente destino: el Lago de Sanabria. De él y de su entorno, decir que me  parecieron bonitos, sin más. Ahora la sequedad del terreno se tornó en verdes de diversos matices y los amarillentos pastos  mutáronse en verdes hierbas.

La siguiente etapa habría de llevarme por El Bierzo hasta Las Médulas a través de una espectacular carretera secundaria que une las poblaciones de Corporales y Puente  de Domingo Flórez, la CV 191 principalmente, atravesando pequeños pueblos de montaña. A estas alturas del viaje la lluvia ya estaba presente y en la travesía que   antes dije se manifestaba en forma de esporádicas tormentas que dificultaban la conducción. Accedí a la espectacular visión de Las Médulas a través del  Mirador de la  cercana población de Orellán, desde donde se observan las típicas estampas de postales y folletos. En ese  momento, yo estaba en el lugar adecuado y a la hora correcta,  al mediodía, para observar este paraje en todo su esplendor, cuando los rayos del sol hacen brillar los restos de partículas de oro. Pero, de nuevo, la lluvia me  privó de ver tal espectáculo. Llovía tanto que el pequeño trayecto andando hasta el mirador lo hice con el traje de agua y el casco cerrado.

Por esta zona, YA acampado, conocí <a otro viajero en moto que iniciaba la ruta entre La Coruña y Mérida en una scooter de 125; era curioso verlo en su pequeña moto  con todo su equipaje a cuestas. También coincidí con una pareja que regresaban de la concentración de Faro con el plan de recorrer Portugal, pasar por el País Vasco y  regresar a Murcia, su punto de origen ¡espectacular viaje! Comentamos nuestras incidencias, nos lamentamos de la lluvia, nos "chivateamos" lugares de interés en   nuestras  respectivas tierras  y nos deseamos buena ruta.

Dejé El Bierzo sabiendo que me dejaba atrás otros parajes y lugares que habría querido conocer, pero el tiempo disponible imponía sus reglas.

Inicié la travesía de parte de los Montes de León una mañana soleada y con un brillante cielo azul manchado por hermosas y esponjosas nubes blancas como de algodón. Lo  hice por carreteras estrechas, reviradas y sucias pero que me condujeron por lugares hermosos, empapándome de la visión espectacular que se me ofrecía tras cada  curva, tras cada rasante,... Pero no pasó mucho tiempo hasta que esas hermosas nubes se oscurecieron y dejaron de ser hermosas, convirtiéndose en amenazantes nubes de  tormenta. Y así fue como la mayor parte de este recorrido lo hice bajo una (más bien, varias) tormenta. La carretera idílica por la que estaba conduciendo se volvió  peligrosa.  El agua, la visera  mojada y el barrillo en el asfalto me pusieron a prueba. Apliqué todo lo que sé sobre conducción en esos kilómetros; ya no podía mirar el  paisaje porque, simplemente, había sido tragado, borrado, por la bruma y porque toda mi atención se concentraba en el manejo de la moto. Sentí miedo salvando  desniveles imposibles que, a veces, alcanzaban un 17% o negociando curvas de 180º  sin ver más allá de pocos metros y sabiendo que un error allí arriba, sólo y en esas  condiciones podría ser grave. Pero la prudencia, y sobre todo la paciencia que evitó que tomara decisiones precipitadas para salir de allí cuanto antes, hizo que  llegara abajo sin incidencias. Dije que pase miedo, pero digo ahora que cuando salvé esa situación me sentí muy bien, supe que había tomado las decisiones acertadas  (continuar  muy despacio en vez de parar y buscar refugio) y que me había manejado con cordura.


Otra etapa espectacular me llevó hasta cerca de León. Durante parte de esa  transición estuve "en babia" (Babia, comarca leonesa); pero antes seguí el curso del rio  Sil por una zona minera hasta Villablino. La lluvia pareció darme un poco de tre3gua durante la mañana, pero reapareció durante la tarde y me alcanzó en el sitio más  inoportuno, en el Puerto de Pajares, que fue  el punto más septentrional que alcancé, no queriéndome internar en Asturias porque esa será otra historia. Cerca de  Pajares paré en el Puerto de Arbás para satisfacer una necesidad cultural: ver su Colegiata y para satisfacer el cuerpo en el Bar que está enfrente.

Antes de llegar a la zona de Pajares transité por un lugar que me pareció especialmente bello, el Valle de Arbás, o más bien de los cuatro Valles que engloba esta  región. Accedí a ellos a través de Los Barrios de Luna, atravesando Cubillas y Casares del Puerto, por una carretera de montaña, de las de montaña de verdad,  finalizando este recorrido en Rodiezmo. El valle es como de postal. En Casares me dijeron que el trayecto que llevaba estaba cortado por una concentración de mineros,  por lo que  tenía que regresar por donde había venido o podía esperar. Como quiera que en este pueblecito existe un pequeño restaurante y la hora era la apropiada,  allí comí ¡menudo acierto! ¡vaya plato de setas y bacalao que me prepararon!, y a precio de Menú del día con todo incluido.

 A estas alturas estoy en Pajares y debía decidir cuál sería la siguiente ruta, la decisión fué fácil: tenía que huir dela lluvia. Así que enfilé hacia el sur por la  vía rápida, tomado la autovía que me llevaría a Burgos en poco más de dos horas. llegué a la hora de comer, cosa que aproveché para hacerlo cerca de su catedral, como
un turista más, pero es que esa catedral lo merece. satisfecho el cuerpo y el espíritu tomé la dirección a Soria por la N-234 y otras locales aunque sin llegar a  ella porque el  eran objetivo eran el Parque de Urbión y el Cañón del rio Lobos. Así que me instalé en un camping próximo a Vinuesa, ciudad señorial arquetipo de la
arquitectura de la zona. Desde allí visité la Laguna Negra, un entorno de enorme belleza, paraíso de senderistas. Recorriendo esta zona se entiende bien el eslogan de  "Soria Natural". A pesar de mi huida de la lluvia desde León, volvió a alcanzarme por estos lares, aunque me dio  una tregua en el Cañón del rio Lobos, otro entorno  impresionante, sobre todo visto desde su Mirador, lugar de encuentro de rutas moteras de la zona. Descendí al Cañón y me permití una pequeña ruta senderista por él.

El tiempo se agotaba y ya no podía seguir hacia Cuenca, que debería haber sido el siguiente destino, sino que tracé una línea recta entre Soria, Segovia y Ávila. En  Ávila recorrí parte de la sierra de Gredos y me instalé en un camping a sus puertas, en Hoyos del Espino. Desde él hice algunas rutas cortas, otra vez bajo la lluvia,  aunque menos intensa ya.

 Estaba ya cerca de Extremadura y del fin del viaje y aunque el cuerpo me pedía más, la razón me indicaba que debía poner rumbo a casa. Así lo hice, aunque dilatando  el momento lo más posible. De esta forma, me permití pasar despacio por el Puerto del Pico y desde allí hice pequeñas rutas por los alrededores de Candeleda  y Arenas de  San Pedro, destacando la subida al Mirador del Nogal del Barranco, en pleno corazón de Gredos, por una carretera (otra vez) auténtica de montaña, aunque en esta  ocasión pude comprobar aquello de que "los árboles no permiten ver el bosque" dada la frondosidad de los que siguen el trazado de la carretera, no siendo consciente  cualquier viajero de cómo es el lugar hasta que hace cumbre en la plataforma; punto de partida de diversas rutas de montaña.

Estas pequeñas rutas me llevaron parte del día y, por lo tanto, no era buena idea volver a casa directamente. Con esta excusa, decidí regalarme un día más de viaje y me  Instalé en Cuacos de Yuste, en plena comarca de La vera. el intensísimo calor me recordaba que estaba otra vez en Extremadura; la lluvia, ahora era un lejano recuerdo. Además, como curiosidad, significar que nunca había visto un camping con "aire acondicionado", pues así puede llamarse al sistema de microclima que tiene instalado por sus calles. En estas condiciones, ahí me quedé, con la pretensión de madrugar y llegar a casa eludiendo el calor más sofocante.

La etapa final incluyó rápidas pasadas por algunos pueblos veratos, destacando el propio Cuacos y Garganta la Olla; lamentando un olvido imperdonable (como luego me  dirían en casa): no visité Pasarón de la Vera, cuna dela auténtica perrunilla y, por tanto, no pude comprarla, como otras veces, en su horno todavía calentitas.

Del resto del camino poco hay que decir. Desde Plasencia a Cáceres por la solitaria N-630 y desde allí a casa.

Pues este ha pretendido ser el relato de mi viaje. mientras escribo esto cómodamente asentado bajo la sombra de una higuera me vienen a la memoria pasajes que no he  contado, sea por no aburrir al lector, sea porque no encontré cómo incluirlos sin romper el hilo de la narración. Entre ellos, quiero citar que tras rebasar el  pequeño, peculiar y hermoso pueblo de Truchas, vecino de Truchillas, paré para cargar agua de una fuente junto a un riachuelo y mientras lo hacía vi en el suelo unas  pisadas extrañas y las fotografié, comprobando después que eran del oso. También citar que durante todo el recorrido aparecían una y otra vez construcciones románicas,  ya fueran puentes o pequeñas ermitas. Que me llamó mucho la atención las diferencias en el hablar de las gentes, los diferentes acentos que noté. Que la arquitectura  popular era cambiante, como si la piedra fuera oscureciéndose cuanto más al norte, cosa llamativa cuando se viene de una tierra con pueblos blancos. Percibí el  "carácter castellano" de la gente, carácter sobrio y recio, pero cortés a su estilo. Decir también que cuando entré en la población de Burgo de Osma, la cual me
apetecía conocer, salí de ella al instante, huyendo de la aglomeración de turistas que había ese día, tal vez por ser alguna festividad local.

Finalmente, resaltar y reivindicar el comportamiento de mi moto, ¿quién dijo que no es una moto para viajar? Me ha llevado por carreteras prohibidas para otras; he  pasado algunas pistas de tierra; en la montaña parecía estar en su hábitat natural y cero problemas, aun habiendo viajado con carga. Sí, lo admito, alguna potencia más  también hubiera estado bien.

Resumiendo: experiencia grata y enriquecedora; agotadora en ocasiones por las condiciones climáticas que se dieron y que me servido para rellenar mi memoria visual con nuevos aspectos de nuestro país y para conocer, o mejor atisbar, otras formas de vida, otros caracteres. También ha colmado las expectativas personales que tenía al  inicio y que son las que me mueven a hacer este tipo de viajes.



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